Javier, 44, escritor

Con m de misterio (y de Madrid)

Javier no quiere charlar en un bar, Javier quiere hablar paseando por uno de los lugares que han marcado su Madrid: el Retiro. Allí conversamos de tradiciones perdidas, tertulias, caserones encantados, pergaminos leonardianos y un selfie con las Meninas. Todo para él tiene un misterio y la capital está repleta de ellos. La foto que ilustra esta conversación es de Asís G. Ayerbe/Planeta.

– Estamos paseando por una zona que te trae muchos recuerdos…
-Para mí el Retiro es el alma de mi Madrid porque en torno a este parque convergen los lugares que más me han influido de la ciudad. El primero que me atrapó fue la Cuesta de Moyano. Recuerdo haber hecho muchas veces la ruta a pie entre el Rastro y la Cuesta de Moyano, siempre para comprar libros. En aquellos primeros años en la capital el poco dinero que tenía en el bolsillo lo gastaba allí. Por otro lado, aquí se encuentra la única estatua de Europa dedicada a Lucifer. En cuanto la localicé corrí a radiografiar la estatua de Ricardo Bellver, hasta que un día descubrí que el mejor sitio para verla era en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando -lugar donde se conserva el molde que hizo el escultor-. Allí puedes examinarla casi cara a cara, y podrás ver desde las culebras que abrazan la figura del ángel arrastrándolo hacia el infierno hasta la textura del rostro y de las manos. Mi siguiente lugar relacionado con el Retiro es el Museo del Prado, que está muy cerca. Después de visitar el Prado siempre me he refugiado en el parque para sedimentar lo aprendido entre los maestros de la pintura. Y como última aportación a mi biografía retiresca, ahora estamos caminando justo por la avenida que de mayo hasta mediados de junio está ocupada por la Feria del Libro. En mi Teruel natal la Feria del libro la formaban una decena de casetas, así que ¡imagínate cuando llego a Madrid y veo que aquí hay casi 300 casetas! Definitivamente este lugar me marcó.

– ¿Notaste mucho ese choque cultural entre tu ciudad y Madrid?
– Sí lo noté. Llegué aquí en el momento en el que estaban desapareciendo las últimas tertulias literarias en los cafés. Bueno, literarias y de todo pelaje, porque a mí que me gustaba mucho todo lo relacionado con el misterio, la parapsicología o los ovnis, recuerdo haber encontrado en el Café Comercial, en la Glorieta de Bilbao, el punto de encuentro de la mitad de los chalados por estas cosas de la capital.

-Respecto a esas tertulias que comentabas, parece que esos espacios de debate han desaparecido definitivamente de la ciudad. Sin ir más lejos, el café Comercial del que hablabas ha cerrado…
– Tengo la impresión de que, al final, las aguas volverán a su cauce, ya verás. La irrupción de lo digital nos ha desbordado a todos, pero es cierto que hay que reconducir la vida cultural hacia lo físico, sobre todo porque Madrid tiene esos espacios. Por ejemplo, ahora estamos caminando al lado de la Casa de Fieras que hace dos años se convirtió en biblioteca; de pronto es un lugar adecuado para la tertulia, tiene sus salones, su entorno con libros. Lo único que falta es que la gente se vaya encontrando ahí para tertuliar.

– Y en todos estos años en la capital, ¿has notado grandes cambios?
– Yo llegué a Madrid a finales de los 80 para estudiar tercero de B.U.P. Años más tarde, entre 2005 y 2010 hubo un tiempo en el que me fui a vivir a Málaga. Al regresar noté que la ciudad había cambiado: el cinturón de la M30, Malasaña, el Barrio de las Letras habían pasado de ser zonas oscuras a casi refulgir…

– En nuestra conversación con Manu nos recalcaba que no sacamos partido a lugares como el Barrio de las Letras, a pesar de ahora esté en mejor estado.
– Hay cierto escaparatismo en eso del uso turístico de las ciudades. Por ejemplo: Barcelona tiene un barrio gótico que es una reconstrucción el siglo XIX, es decir, que la mayoría de esas fachadas renacentistas no son de verdad. Son bonitas, parecen góticas, pero no son de verdad. Aquí tenemos un barrio de los Austrias con edificios que son los de la época, donde se hizo historia y no les sacamos el partido adecuado. Yo creo que Madrid tiene tanta actividad de empresarial, política y administrativa que el turismo arquitectónico queda relegado a veces a lo secundario. Por ejemplo, las iglesias de Madrid del XVII y XVIII son grandes desconocidas, nadie entra a ver los retablos que hay dentro de ellas porque no está en el menú “oficial”. Nos hace falta hacer aún un gran trabajo de divulgación del patrimonio.

– Claro, porque si en el Museo del Prado hay tanta información oculta detrás de las pinturas de motivo religioso, qué nos estaremos perdiendo en las iglesias de Madrid.
– ¡Muchísimo! Te pongo otro ejemplo: antiguamente, cada 27 de julio los madrileños iban a la Iglesia de la Encarnación -cerca de la plaza de Ópera- donde se conserva la sangre de San Pantaleón. Esta sangre se licúa siempre ese día. En los siglos XVIII y XIX media ciudad se citaba para ver el milagro en persona. Una costra dentro de una ampolla se volvía líquida mientras gritaban: “milagro, milagro”. Ahora apenas van unas cuantas beatas. Telemadrid suele enviar una cámara de año en año y poco más. Fíjate: creo que se podría hacer un calendario de “milagros y anomalías de Madrid”. Otra visita curiosa sería a la momia de San Isidro, que se exhibe en unos días concretos al año. El pobre de Carlos II “el Hechizado” durmió con ese cadáver para ver si se curaba de las múltiples enfermedades que padecía. Son cosas que el madrileño más joven no sabe… y es una pena.

– Si algo tiene esta ciudad es que tiene muchas historias que contar en función de tus gustos…
– Yo encontré muchas en la calle Belén 15, donde estuvo la sede de la Sociedad Española de Parapsicología (SEDP), un colectivo que se dedicaba a investigar fenómenos paranormales. Era un piso antiguo cerca de Chueca, con el parqué que se caía de viejo, oscuro, lleno de personas venerables hablando sobre las Caras de Bélmez o el último caso de poltergeist. Era un ambiente maravilloso. Muchos de mis amigos de Madrid son de esa época. Pero si había algo que realmente me encantaba de Madrid era el Metro porque podía explorar la ciudad, sino lo hubiera tenido muy difícil.

-¿El Metro también tiene sus misterios?
-No, si quitamos la estación fantasma de Chamberí. Pero si quieres historias de fantasmas hay grandes caserones encantados como el Ministerio de Cultura, la Casa de las Siete Chimeneas, el Palacio de Linares, el Ministerio de Hacienda o el Banco de España. En ese eje de Cibeles-Puerta del Sol casi todos los edificios tienen su historia secreta. Muchas surgieron a raíz del 2 de Mayo. Por ejemplo, bajo el Ministerio de Hacienda hubo una fosa común y ahí se lanzaron cientos de cadáveres de los represaliados de la sublevación contra los franceses. Eso está ahí pero permanece tapado.

-Antes mencionabas la importancia del Museo del Prado a nivel personal: ¿fue real tu encuentro con un maestro casi fantasmagórico en el Prado?
-El primer encuentro con ese señor extraño que de repente se acerca a un joven y le empieza a explicar cómo tiene que leer un cuadro fue real. Pero eso en el Madrid que conocí de estudiante se daba más, porque la gente hablaba más. Ahora quizá hablamos menos con desconocidos, vamos más deprisa, somos más… influye un poco todo.

– ¿Crees que hacen falta más maestros del Prado?
-Lo que hace falta es una voluntad más didáctica en los museos de la ciudad. Que la gente sienta que los museos son su patrimonio y que pueden disfrutarlo. Y más que encontrarte un maestro esporádico sería necesario que se contrataran maestros del Prado o del Bellas Artes, del Lázaro Galdiano o del Museo del Romanticismo. Es verdad que a raíz de la publicación del “Maestro del Prado” ha habido mucho interés en reconectar con el museo, pero ese fenómeno hay que alimentarlo. Aunque en el caso del Prado estamos ante una especie de colosal ministerio y cuesta mover las cosas.

-¿A la hora de escribir la novela te lo facilitaron?
-No, no, yo siempre fui de incógnito. Iba tomando mis notas sin decir nada a nadie. Una de las cosas que todavía no entiendo es por qué no dejan tomar fotografías. Si mañana vas a la National Gallery de Londres o al British Museum puedes hacerlas (sin flash) con tu móvil o con tu cámara. En El Prado seguimos con esa cosa huraña, encastillada en eso tan antiguo de “prohibido tomar fotografías”.

-Quizás por temor a las copias.
-¡Pero vamos a ver! Si tú vas y te haces un selfie frente a las Meninas y lo compartes en Twitter, habrá veinticinco personas más que querrán ir a verlas. ¿Y qué daño le estás haciendo a las Meninas al tomar una imagen sin flash? Ninguno. Mi impresión es que aún tenemos esa cosa de castellano viejo de “no entres en mi casa y me molestes”. Pero también creo que en unos años se verá normal que hagas una fotografía, la geolocalices y digas: “he estado viendo al Conde Duque de Olivares en El Prado”. Y tendrá efecto llamada.

-Aparte del Museo del Prado, la Biblioteca Nacional también tiene tesoros por descubrir.
-La Biblioteca Nacional aparece en mi primera novela “La Dama Azul”. Imaginé a un grupo de ladrones que robaban un manuscrito saltándose sus medidas de seguridad. Tengo un recuerdo muy curioso de ese lugar porque cuando llegué a la capital con 17 años (y no estaba en la universidad todavía ni tenía un catedrático que me avalase o un libro publicado con ISBN) no me dejaban sacarme el carné de investigador. Finalmente al poco lo logré y, creeme, fue de los mejores trofeos que me dio Madrid.

-¿Y algún hallazgo descubierto en la Biblioteca Nacional?
-Allí encontré un memorial de 1630 que narra las misteriosas apariciones de la Dama Azul en Nuevo México. Fue la base de esa primera novela que escribí.

-Incluso hay cuadernos de Leonardo da Vinci.
-Claro, ahí está el Códice Atlántico de Leonardo, que además se redescubrió en los años 60 del siglo pasado porque se había inventariado mal y se traspapeló. Probablemente, fue una de las muestras de los cuadernos de Leonardo que se enviaron a España para ver si los compraba la Corona Española y que se quedaron ahí. Se mandaron muestras parecidas a la Corona Británica y esta compró casi todo. Al final la colección Windsor de la reina de Inglaterra tiene la mayor colección de bocetos y notas de Leonardo del mundo. ¡Y podríamos haberlos tenido nosotros! Estas cosas pasan…

-Ya, pero siempre nos pasan a nosotros…
-Depende de la época. En el momento en el que vienen estos manuscritos el rey es Felipe II, cuyo interés era sobre todo lo militar y lo religioso. Si se hubiera producido en una época posterior como en la de Felipe IV, el rey de Velázquez, probablemente se los hubiera quedado él.

-¿Escribirás más libros sobre Madrid?
-Sí, de hecho he empezado una novela nueva y quiero que uno de los escenarios en los que transcurra sea el Parque del Retiro porque está lleno de pequeños misterios. Hay muchas cosas como la fuente egipcia que está pegada al lago en la que había una estatua del Dios Osiris, la cual nadie sabe dónde está desde mediados del siglo XIX. Otro sitio que es muy misterioso está en la esquina de O’Donnell con Menéndez Pelayo: se llama “La Montaña Artificial” y bajo ella hay una bóveda de 14 metros de altura que tiene un óculo en la parte superior cegado. Sobre ella Fernando VII mandó construir una especie de castillo -a día de hoy ha desaparecido- que los madrileños llamaban “el tintero” -debido a su forma- y ahí se subía para observar todo Madrid porque era la zona más elevada de la ciudad. Tiene su misterio porque el propio rey mandó hacer un emblema con los signos del zodiaco en el centro de la montaña y nadie sabe por qué.

Cuestionario

Dónde comer en Madrid: La Paloma en la calle Jorge Juan, un restaurante con comida tradicional. Sus erizos de mar están buenísimos.

Dónde disfrutar de Madrid: Hotel Eurostars Madrid Tower, tiene unas vistas espectaculares.

Dónde desconectar de Madrid: en El Escorial.

Un barrio de Madrid: el Barrio de las Letras. Me recuerda algo a Roma porque en cada esquina esconde un capítulo de la historia.

Un consejo a alguien que no conoce Madrid: que se hagan con un mapa de las grandes librerías de Madrid y con ello conocerán toda la ciudad.

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